Subtítulos

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Que a una serie rodada en español uno se vea obligado a ponerle los subtítulos es lo último, y, sin embargo, ocurre. Y muy a menudo. Con El Embarcadero, la nueva serie de Movistar+, me ha sido imposible descifrar y entender muchas de las conversaciones de los personajes: subtítulos al canto. Igual me pasó con La Peste.

Empiezo a dudar si es la plataforma que tiene deficiencias con el sonido en sus producciones o son los actores españoles que son incapaces de vocalizar y mantiene diálogos inteligibles. Y no tengo nada claro dónde reside el problema. Todo el jaleo que se ha montado a la sazón de los subtítulos de Roma, que no eran necesarios, y nadie se queja de la dicción en las ficciones españolas.

Lo de la película de Cuarón, para los que no la entiendan, existe una fácil solución, deben leer algo más a Cortázar, a Borges, a Rulfo, a García Márquez, y menos a Ken Follet y Federico Moccia. O ver más telenovelas y al Chavo del 8. Durante la primera temporada de Narcos, todo el mundo, tratando de hacer gracia, incluía en sus conversaciones “gonorrea, pinche hijueputa” o “¿plata o plomo?”; y, ahora, Netflix, alegando una mejor comprensión de la película, nos convertía “enojarse” en “enfadarse” o “aguarda” en “espera”, hasta “mamá” en “madre”. Ridículo.

Los subtítulos de Roma, totalmente absurdos e innecesarios, no estarían mal cada vez que hablen Dani Rovira o Mario Casas. Aunque, quizá, sin oírles, todos ganemos. Y los que más ganen serán ellos y sus interpretaciones.

Alvaro Boro

Viejo Truhán. Como mal, duermo poco y visto bien. Tengo por rutina una buena vida.

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