Café Society

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Si algo se puede decir del trabajo de un director como Woody Allen es que rebosa, ante todo, personalidad. Todo su cine está revestido de un toque tan particular que es imposible no reconocer el sello de su autor en todas y cada una de sus películas. Esto, por supuesto, podemos tomarlo bien como una cualidad bien como un defecto. Eso lo dejo a criterio de cada uno.

Lo que si está claro es que cuando entramos al cine sabemos de antemano lo que vamos a ver: personajes inseguros, diálogos punzantes, humor irónico y pesimismo existencial. Y ya sea por su talento o por su trayectoria (y, por qué no, el hecho de llamarse Woody Allen) hemos llegado a una situación en el que todo esto resulta difícil tomarlo no tanto como inmobilismo o falta de ideas sino como una decisión de estilo o (una vez más) un sello de autor.

Café Society trata, como casi siempre, su tema fetiche: las relaciones amorosas. En este caso la historia se enmarca en el Hollywood de los años 30. El joven Bobby Dorfman (Jesse Eisenberg) se muda a Los Ángeles y acude a su tío, el exitoso productor Phil Stern (Steve Carell) en busca de un futuro prometedor dentro de la industria del cine.

No pasará mucho tiempo hasta que se enamore perdidamente de su secretaria Vinnie, interpretada magníficamente por Kristen Stewart (los memes de internet mofándose de su, aparentemente, limitado registro interpretativo han proliferado mucho los últimos años pero la realidad parece ser una bien distinta). Sin embargo estos dos últimos llevan ya un tiempo viéndose en secreto, lo que da lugar, una vez más, a un triángulo amoroso. Nada nuevo bajo el sol. La expectación pasa por ver a dónde nos lleva esta vez.

Los temas no parecen ser tampoco nada nuevo: la tristeza en el desengaño, los esfuerzos para dejar atrás el pasado sin necesariamente haberlo sabido superar… El pesimismo es algo que parece casi inherente al cine de Allen pero siempre resulta interesante la óptica desde la que nos lo hace mirar.

Es un pesimismo asumido pero no por ello derrotista. Una vez leí una entrevista a Nacho Vegas en la que decía que tenía que haber un punto de esperanza incluso en el pesimismo, que tampoco es necesario regocijarse en el fracaso. Quizás estoy equivocado pero me parece que de alguna manera esa es la filosofía que vaga a veces por esta película. Al fin y al cabo sus personajes, igual que nosotros, sólo tratan de salir adelante. Y lo que más me fascina aquí es cómo la cinta hace humor de ello.

Voy a hacer un inciso aquí: me gusta el humor de Woody Allen. Resulta evidente que gran parte de su fama pasa por ser un magnífico dialoguista y que probablemente lo más distintivo de su cine sean esas conversaciones tan ágiles y afiladas durante las que no puedes despegar la vista de la pantalla, pero creo que Allen es capaz de hacer humor a muchos más niveles.

La atmósfera cómica que invade cada escena de sus películas está siempre tan presente que a veces lo único que puedes hacer es sonreír como un idiota mientras ves hablar a sus personajes, como si estuvieras esperando el clímax de un chiste que nunca llega. Y la mayoría de las veces no llega porque eso que estás viendo es el chiste.

Allen consigue extraer humor de las situaciones, y es algo que valoro mucho,porque hacer humor de los diálogos te convierte en un gran guionista pero hacerlo de ambas cosas considero que te convierte, además, es un gran director.

En Café Society esto está llevado a su máxima expresión. La película (y tú con ella) se divierte y se recrea en el sufrimiento de los personajes y en la tristeza de las situaciones, pero no de una manera despectiva; ni siquiera cínica. Es fascinante cómo Allen consigue una complicidad tan grande con el espectador como para reírse contigo de la tragedia sin ningún ápice de desdén. Señala a sus personajes con el dedo y se ríe de ellos como diciendo “mira, vaya par de idiotas” pero añadiendo un “podríamos ser perfectamente nosotros dos”.

Esta no es su mejor película; tampoco la peor. No considero necesario ahondar mucho más en ella porque no deja de ser una revisión más a una fórmula que ya hemos visto muchas veces. Podríamos hablar de cómo algunas escenas o conversaciones desfilan ante el espectador sin ningún sentido aparente, o de cómo no resulta excesivamente estimulante ni inspiradora.

Pero también de cómo la dirección artística y la fotografía de Storaro resultan tan evocadoras que hablan por si solas a la hora de recrear los años 30 y el art déco, o sus fabulosas interpretaciones (mención especial a Eisenberg, que siempre me ha gustado pero nunca creí que encajara de una manera tan natural en el tipo de papel que más le gusta a Allen: en el que se refleja a sí mismo). ¿Recordaremos Café Society dentro de unos años? A quién vamos a engañar, probablemente no. ¿Es lo suficientemente disfrutable? En mi opinión, desde luego.

En definitiva: una parte del público que está familiarizado con esta forma de hacer cine saldrá de la sala decepcionado, con la sensación de que el estilo del director permanece inamovible. La otra parte de ese mismo público saldrá encantado exactamente por lo mismo.

Sobre los nuevos (si es que hay alguno) no me atrevo a aventurarme. Con todo, creo que todos los amantes del séptimo arte deberíamos estar agradecidos de que un director con tanto talento siga ejerciendo a pesar de haber cumplido ya los 80 años y siga haciéndolo ofreciéndonos obras tan notables como esta.

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Miguel García

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