Ghost in the Shell (1995)

8 minutos
Jurasic World, Star Wars: El poder de la Fuerza o la nueva versión de El libro de la Selva ya se han colado, con mayor o menor suerte, entre las películas con más recaudación de toda la Historia del Cine. No es de extrañar que con esas cifras la industria se dedique a apoyar sistemáticamente la realización de remakes, spin-off y secuelas de películas clásicas que antaño merecieron el respeto y la admiración de gran parte del público.
La situación hace tiempo que se ha vuelto evidente para todo el mundo y como espectador es fácil llegar a la conclusión de que esta tendencia pone de manifiesto una clara falta de ideas por parte de los guionistas americanos. Que la mágica fuente de las ideas se ha quedado seca y a partir de ahora estaremos condenados a presenciar una y otra vez las mismas ideas, como si nos hubiésemos quedado atrapados en El día de la marmota.
La realidad, no obstante, probablemente sea bien distinta. Porque aunque entonar el mea culpa resulte complicado para muchos lo cierto es que la nostalgia es un sentimiento poderosísimo, capaz de llevar al cine de la mano a los espectadores más críticos con esta corriente si lo que está en juego es algo que les toque la patata. Disfruté muchísimo el Episodio VII, al fin y al cabo.

Hasta ahora (y con el remake de Akira en tierra de nadie) los grandes clásicos de la animación nipona se habían mantenido más o menos alejados de las insaciables garras de Hollywood; pero eso, como todos sabréis, está a punto de cambiar. La nueva versión de Ghost in the Shell protagonizada por Scarlett Johansson ya tiene un tráiler como es debido y no se me ocurre una ocasión mejor para desempolvar el producto original.

De aquí a marzo, cuando se estrene la nueva película, mi intención es repasar algunas de las piezas más importantes que conforman este universo cyberpunk, que para todo el que no lo conozca consiste en una maraña prácticamente indescifrable de películas, OVA’s y series de animación. Pero empecemos por el principio.

Japón, 2029. La humanidad ha avanzado hasta limites casi inimaginables, sin dejarse frenar por ningún tipo de condicionante moral ni ético. Prótesis mecánicas. Cuerpos artificiales. Ampliaciones de cerebro con las que poder estar conectado permanentemente a una enorme red de información. No quedan muchas personas cuyos cuerpos permanezcan vírgenes en ese aspecto, y a las que quedan se las trata con condescendencia. O con ese tipo de desprecio con el que se habla a veces de un empollón. Alabas sus virtudes, claro, pero en tu fuero interno piensas que eso no es para ti. No quedan muchas personas, digo, que puedan considerarse humanas.

El argumento, al contrario de lo que podría parecer con un primer contacto, es bastante simple. Motoko Kusanagi pertenece a la Sección 9, un departamento dependiente del Ministerio de Interior que se encarga de prevenir ataques terroristas. Dichos ataques, por supuesto, acostumbran traer consigo algún tipo de amenaza cibernética. La Mayor Kusanagi (quién, como casi todos los miembros de la Sección, también es un cyborg) se enfrenta esta vez a un experimentado hacker conocido como Puppet Master.

No obstante, esto no importa demasiado en Ghost in the Shell. La narración, de hecho, ni está tan pulida como debiera ni es capaz de aunar con demasiada brillantez el resto de ingredientes. Si no estás especialmente lúcido es probable que en algún momento se vuelva un poco confusa (nunca demasiado), el ritmo a veces peca de irregular y sostener un plano totalmente estático durante casi un minuto llega a producir verdadera desesperación, arremetiendo sin piedad contra la atención del espectador.

Pero aquí, como digo, todo eso no importa mucho. Todavía habrá que esperar un poco más para que, con la llegada de las series de animación, se apueste un poco más por la intriga y el ritmo narrativo. Ahora no importa la acción. No importan las intrigas políticas, los tiroteos ni las secuencias de persecuciones. Importan dos cosas: la estética y el mensaje.

El argumento de Ghost in the Shell no es sino un auténtico McGuffinllevado a sus últimas consecuencias; una enorme y farragosa excusa. Todas las buenas películas de ciencia ficción (y de cualquier género, en realidad) se sirven de su argumento para tratar temas más complejos a través del subtexto. No es de eso de lo que hablo aquí. La obra de Oshii se apodera de esa idea y la exprime hasta el extremo, hasta dejarla absolutamente seca.

Todos esos temas inherentes a una buena narración, las ideas sutiles que se perciben detrás de cualquier historia aquí están totalmente expuestas ante los focos, desnudas a los ojos del espectador: ¿qué nos hace humanos? Una pregunta muy simple para un tema quizá demasiado complejo. La película no se toma demasiado en serio la búsqueda de una respuesta, sino que se dedica, más bien, a plantear preguntas; a descartar opciones.

¿Cómo pueden tus recuerdos conformar tu individualidad si esos mismos recuerdos pueden ser modificados?¿Por qué un cyborg autoconsciente no puede nunca trascender de su calidad de robot? En un mundo en el que la barrera entre humanos y máquinas es cada día más imperceptible la definición de lo que es humano se antoja borrosa. Cuando abandonas tu cuerpo orgánico a cambio de una estructura mecánica, ¿qué es lo que queda?

La estética es el otro apartado fundamental de la cinta. Ghost in the Shell es visualmente hipnótica. Y no me refiero estrictamente a calidad de animación, que por supuesto, también. Pero la calidad de animación se vuelve confusa con los años, como los gráficos de un videojuego. Está ahí, pero como toda obra es producto de su tiempo, y no todo lo que sorprendió a los espectadores de 1995 sorprenderá a los de ahora. Pero algunas cosas no caducan: Ghost in the Shell es pura y simple potencia visual.

Destacaría igual en plano fijo. Si por alguna razón la cinta fuera despojada de todo movimiento su fotografía seguiría siendo excelente, poética y estimulante. Y la mejor parte es que no es belleza vacía. Contribuye más que cualquier otro aspecto a algo tan importante en una sci-fi: definir su mundo. La humanidad no parece avanzar demasiado gracias al desorbitado crecimiento tecnológico. Quizás incluso lo hace a pesar del mismo. Puede que ahora las personas sean objetivamente mejores, pero la sociedad en su conjunto hace tiempo que permanece estancada.

Las desigualdades se antojan cada vez mayores y al lado de los magnos complejos arquitectónicos se acumula la podredumbre, la pobreza; la mediocridad. La descripción de este contexto social se percibe a través de las pequeñas grietas en la narración pero, sobre todo, a través de sus imágenes. Todo eso está ahí, pero nadie va a a pararse a explicártelo demasiado. No es necesario.

Ghost in the Shell también es, paradójicamente, una adaptación. Quizás esa tendencia de reciclado de obras venga de mucho más atrás de lo que parece en un principio. La película raslada a la pantalla el manga de Masamune Shirow, publicado entre 1989 y 1991 en la revista Young Magazine, la misma que comenzara a publicar Akira en el 82.

Sin embargo, sus influencias se remontan a varios lustros más atrás, y no todas hemos de buscarlas precisamente en el cine. Sería deliberadamente irresponsable no mencionar a Blade Runner, pero el relato de Philip K. Dick a partir del cuál surgió la obra de Ridley Scott, Sueñan los androides con ovejas eléctricas, y el libro de William Gibson, Neuromante, son de capital importancia dentro de los elementos que ayudan a conformar esta cinta.

El manga de Shirow, no siempre transcurre por estos caminos. No he tenido tiempo de terminarlo todavía pero la película no parece conservar demasiado de la historia, el tono o la ambientación. A pesar de que no quiero aventurarme es posible que estemos ante uno de esas escasas (y valiosísimas) situaciones en las que la adaptación cinematográfica resulta un producto mucho más redondo que la obra original. Una pequeña joya de la animación y una auténtica obra maestra de la cinematografía. Así, en general.

Miguel García

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